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La ampolla que
tenía Anita empezaba a dar sus
problemas: no podía caminar con las botas. Es
más casi no se las podía poner, le hacían
mucho daño, así que hubo que tomar una
decisión arriesgada: caminar con las chanclas.
Parece mentira pero son cómodas, y lo han de ser
por que se utilizan para descenso de barrancos y
hay veces que éstos son largos. Así que una vez
puestas nos decidimos a continuar caminando.
Desde Ruesta el camino comienza
a subir hasta ganar una colina. Se hace un rato
largo, pero por la mañana el Sol no aprieta
tanto, así todavía con la fresca llegamos
arriba, desde donde se ve el siguiente objetivo: Undués
de Lerda. Bajamos hasta el pueblo, donde
podemos encontrar otro albergue de peregrinos,
pero apenas nos paramos, pues teníamos
intención de pasar de Sangüesa,
así que nos decidimos a continuar. Allí
llegamos pronto, a eso de las doce. Llamadas a
los amigos, comprar algo para comer y pilas para
la cámara de fotos nos ocuparon un buen rato.
Después a comer a un restaurante que se llamaba 1920.
Buenísima la comida. Creo que de las mejores de
todo el Camino. Con
todo el calor decidimos continuar, y salimos de Sangüesa,
respetando un rato para que la comida se aposase,
vamos, una mini siesta en una sombra. A la salida
del pueblo te dan dos opciones para escoger, y
nosotros optamos por la más interior. La otra es
por la carretera y pasando por Lumbier,
y su fenomenal Foz, pero no la
escogimos debido a una mala experiencia mía en
el Xacobeo'93, donde pasaron de nosotros, y
confirmaron lo que dice el Codex
Calixtinus sobre los navarros. Es cierto
en algunas ocasiones, en otras es un poco
exagerado.
El camino también
empieza a subir de una forma considerable, pero
íbamos con las pilas puestas, y no había quién
nos parase. Los kilómetros iban cayendo uno
detrás de otro, y no importaba que fueran hacia
arriba o hacia abajo. Teníamos entendido que en Monreal,
conocido por su famosa Higa ,había
un refugio y nuestra intención era llegar a
dormir allí. Sabíamos que era una proeza
caminar cincuenta kilómetros, y más teniendo en
cuenta que Anita llevaba unas
chanclas, pero llegamos sin problemas. Ahora el
refugio ya no existía. Parece ser que estaba en
unas condiciones deplorables y lo cerraron,
pero... no abrieron otro, ni siquiera dieron otra
opción. Así, nos encontramos a un peregrino
portugués que estaba a punto de dormir en la
entrada de la iglesia, pues tampoco estaba el
cura, y no había manera de dormir bajo techo sin
pagar. Pero nosotros, después de haber hecho esa
cantidad de kilómetros, no podíamos dormir al
raso, pues al día siguiente no valdríamos para
nada, así que nos fuimos al hostal del pueblo a
dormir, y el hostal era de los buenos, o sea que
nos hicieron pagar bien. Eso sí, la habitación
estaba genial con tele, baño. Allí cenamos y a
dormir pronto. Eso sí, nuestros pies dolían, y
mucho, después del sobreesfuerzo. Anita
apenas pegó ojo.
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