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La intención era llegar
por lo menos a Sahagún. Pero
pronto vimos que no iba a poder ser. Los dos
íbamos tocados. Parecíamos miembros de un
ejército de tullidos. Muchos de los peregrinos,
que ahora si que se veían un montón, iban con
alguna venda en la pierna, y la verdad es que era
todo un espectáculo. El primer tramo después de
salir de Carrión de los Condes,
hay que cruzar el río y unas cuantas carreteras
y coger un camino amplio que llega a Calzadilla
de la Cueza, por una impresionante recta
de dieciséis kilómetros. El calor empezó a
apretar desde las primeras horas, y la pierna
intentaba responder. Llegamos a Calzadilla
y decidimos continuar. Los que se quedaron nos
dijeron que el albergue estaba hecho un asco,
pero hay veces que exigimos mucho por nada. Con
un techo y un poco de agua se supone que basta.
Nunca hay que esperar lujos si no pagamos nada, o
algo simbólico, y tenemos que tener el espíritu
del peregrino, que nunca exige.
Continuamos
carretera adelante hacia Ledigos.
Allí nos encontramos a Renée,
la ciclista holandesa con la que había cenado en
Los Arcos. Había hecho un alto
en el Camino para ir a Bilbao a
ver el Guggenheim, pero llegó
en un día en que estaba cerrado. Llegamos a
Ledigos como pudimos, yo estaba muy mal, cansado
y con la pierna que me dolía. Pero había que
continuar un poco más.
Así
que nuestro próximo objetivo era Terradillos
de los Templarios. La pierna dijo NO,
antes de llegar. Fue un pinchazo en la parte
delantera de la pierna izquierda, cerca del pie.
Era señal de que había que cambiar algo. Tuve
que parar durante un rato. Pensaba que se había
acabado toda una aventura, pero al menos quería
llegar al pueblo por mi propio pie. Me costó
cojear durante un buen rato, y eso que sólo
había unos doscientos metros. Teníamos
entendido que en el pueblo había dos refugios,
uno gratis y otro de pago. Pero no, sólo estaba
el de pago. Como no podíamos hacer otra cosa nos
fuimos allí. Fue una suerte.
Nos
recibió Marisa, la dueña ahora
del refugio, desde que el antiguo dueño, Guillermo,
lo dejó. Y nos trató de maravilla. Yo
necesitaba descanso y más descanso. Así que
decidimos darnos un día, y después veríamos.
Entonces fui a buscar mis zapatillas para andar
un poco más cómodo y no las encontré, vaya.
"Seguro que me las he dejado en
Carrión", "pero allí no quedaba
nada", "entonces alguien las cogió por
equivocación". Efectivamente, un chico, que
se había quedado en Ledigos, se las había
metido en su mochila. Anita se
fue con Marisa en coche a por
ellas. Qué gente más maja!
Durante
los días que estuvimos allí nos fueron
alcanzando gente que ya habíamos adelantado. La
sensación para mi era: "para qué he
corrido tanto si ahora he debido parar...".
Pero no es correcto, nosotros seguíamos un
trayecto que nos habíamos marcado nosotros
mismos. El error era el querer hacerlo en tan
poco tiempo. Fuerzas demasiado la máquina y
algún momento tiene que petar.
De todas maneras
no perdimos el tiempo, pues conocimos mucha
gente, descansamos mucho, leimos, que poco tiempo
teníamos antes para leer. Escribimos un poco, y
dejamos que pasara el tiempo, que lo suele curar
todo.
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