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La de hoy iba a
ser una etapa más. Queríamos hacer una etapa
larga y llegar a Belorado, cerca
de cuarenta kilómetros, pero las cosas iban a
cambiar. Salimos pronto, algo ya habitual, de Nájera,
y de un tirón llegamos a Santo Domingo
de la Calzada . Anita y yo,
charlando y arreglando nuestra vida y el mundo,
perdemos la noción de los kilómetros, y cuando
queremos echar mano se nos ha pasado el pueblo.
Así que pronto estábamos en el pueblo del
milagro del gallo. Llegamos a muy buena hora.
Estuvimos un rato delante del albergue, donde
muchos se quedaban ya para todo el día. Todavía
quedaba mucho día por delante y había que
aprovecharlo. Visitamos la catedral del
Salvador, vimos el gallo y la gallina
blancos. Y pusimos nuestros pies a caminar hacia Castilla. El primer pueblo que nos
encontramos fue Grañón. A Anita
le hacía gracia llegar allí pues desde ese
pueblo había silido su amiga Feli
a hacer el Camino unos años antes. Y nos paramos
a hacer un descansillo delante de la iglesia, y
en ese momento me comentó que el ritmo que
llevábamos era de locos, que no podíamos
continuar de aquella manera, que ella no iba a
llegar de continuar así. Yo le dije que era así
como habíamos pactado el Camino y que así
deberíamos de continuar para poder llegar a
Santiago. Habíamos estado hablando durante
muchos días antes de dar el primer paso, y así
nos salían las cuentas. Si íbamos más lentos
no llegaríamos. Era como si ella se estuviera
echando atrás de su propio pacto y dejándome
como si yo solo hubiera diseñado nuestro camino,
cuando habíamos sido ambos, y ahora me tocaba
defender a mi un acuerdo de los dos. Me enfadé,
y bastante, pero, por suerte, entre los dos hay
buena comunicación, y las cosas se pueden decir
abiertamente, y se lo dije. Algo la movió por
dentro y continuamos adelante, por supuesto
comentando lo que sentíamos sobre este punto,
todo bien verbalizado. 
Y llegamos a
Castilla, y a su primer pueblo: Redecilla
del Camino. Allí paramos a comernos una
tortilla inmensa, que por mucho hambre que
teníamos no nos la pudimos acabar.
Salimos de allí
con todo el calor de las tres de la tarde, con
destino a Belorado. Caminábamos
a buen ritmo. Anita no se
quejaba, algo había cambiado. Así que llegamos
a al pueblo, al albergue, y estuvimos un rato
hablando con los hospitaleros, nos ofrecieron
sitio para quedarnos los dos, pero no quisimos,
teníamos ganas de caminar, y decidimos continuar
hasta el siguiente albergue: Villafranca.
Era de locos hacer toda esa tirada, pero el
cuerpo a veces te pide más y se lo tienes que
dar.
Fue llegar, que
nos curasen las ampollas, por cierto una
voluntaria guapísima, ducharnos, cenar un poco y
meternos en el sobre. El albergue de Villafranca
es una zona de acampada que monta la Junta
de Castilla y León para los peregrinos.
Son unas cuantas tiendas de campaña, con
colchones, y un par de "casas"
prefabricadas con duchas y servicios. Un detalle
por parte de los gobernantes castellanos,
mientras se encargan de montar un albergue más
sólido.
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