|
Salimos de Burgos
sin haber amanecido siquiera, y desde luego que
no éramos los primeros. Reconozco que nuestro
reloj comenzaba a despertarnos a eso de las seis,
pero había gente que ya se movía y que incluso
caminaba. Nunca serás el primero, para nada. Así que nos pusimos en
marcha para aprovechar la fresca, que hoy sería
breve. A la salida de Burgos me percaté de que
no llevaba mi camiseta favorita, que seguro que
todavía se estará secando en el refugio. Me dio
mucha rabia. Entonces nos alcanzó una chica, muy
guapa, que tenía una cara de despistada
increible. Nos dijo que comenzaba el Camino desde
Burgos, pero que no sabía que
tenía que hacer. Nos entendíamos en inglés, y
un poco de italiano que sabe Anita,
así que le dijimos que siguiera a la gente, y
que fuera siguiendo las flechas amarillas, que
marcan el camino hacia Santiago.
Con eso le bastaba. Nosotros le fuimos indicando
en algún punto conflictivo, pero enseguida se
espabiló.
Pasamos
por Villalbilla de Burgos y Tardajos
sin apenas parar, pues íbamos bien de tiempo y
de ritmo, así que tiramos hasta Hornillos.
Allí paramos a comer un bocata, y un helado,
como siempre.
Seguimos caminando
y nos encontramos a un peregrino francés en bici
que había partido el cuadro. Un hombre que
andaba por ahí con el tractor le llevó la bici
a arreglar. Al cabo de un par de días el
ciclista nos adelantó. El siguiente punto de
interés estaba en el refugio de Arroyo
Sambol. Este refugio, entre Hornillos
y Hontanas, está a unos cien
metros del Camino, y es uno de los puntos
curiosos. Es un edificio, y unos árboles que le
dan sombra, y muy "buen rollo".
Dejamos en ese momento a un
peregrino canadiense que había venido con
nosotros y continuamos hacia Hontanas.
Estábamos hartos de calor, y queríamos llegar
cuanto antes. Pero Hontanas no
aparecía. Y es que el pueblo está en un hondo,
y por ello si miras hacia adelante no ves nada,
hasta que estás a cien metros de él. Allí
paramos en la piscina, y nos hartamos de helados.
Y es que nos lo merecíamos.
Cuando
pasó un poco el calor, nos decidimos a
continuar, y pusimos nuestros pasos hacia las
ruinas del Monasterio de San Antón.
En este punto mi pierna izquierda iba un poco
tocada. Tuve que parar a ponerme Voltarén
(San Voltarén para los amigos), y aún así me
costó continuar. Era un presagio de lo que
pasaría unos días más tarde.
Ya estábamos a
punto de llegar a Castrojeriz,
otro de los pueblos que tiene el refugio al otro
lado del pueblo, así que antes pasamos a visitar
la iglesia de San Miguel, que se
halla a la entrada, y en la que Anita me dio unas
lecciones de arquitectura "in situ".
En el refugio nos
recibieron muy bien. Hospitaleros voluntarios,
alguno de BCN o al menos la conocía muy bien.
Una gente que tenía el espíritu del Camino. Uno
de ellos había sido jugador del Real Madrid, y
ahora llevaba el albergue. Compramos algo para el
día siguiente y una camiseta roja rojísima para
mi, pues había perdido una en Burgos. Cenamos en
un restaurante cercano con Melchor y Elíes, que
habíamos conocido en unas etapas anteriores. Y a
dormir, que mañana para desayunar teníamos la
colina de Mostelares.
|