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Por las
sensaciones de la etapa anterior creía que la
pierna ya estaba curada, o al menos que no me
molestaría mucho para poder caminar, pero una
tendinitis es algo más serio. El descanso ha de
ser total, y durante un tiempo prolongado, pues
de lo contrario sigues forzando y forzando hasta
que ya no puede más, y entonces ya tienes que
dejar de andar por mucho más tiempo. Pues bien, salimos del
mini-refugio de Calzada de Coto
en dirección a El Burgo Ranero,
curioso nombre, pero uno de los lugares
legendarios del Camino. Apenas hay diez
kilómetros, o sea, un par de horitas de camino.
La pierna me dijo otra vez que no antes de llegar
al pueblo. El golpe psicológico es fuerte,
tienes que aceptar que no puede ser, que toda la
ilusión que tenías con llegar a Santiago la
tienes que dejar de lado. No hay manera, hay que
pensar en abandonar, o bien de estar un tiempo
descansando y continuar al cabo de unos días.
Llegamos al
refugio y nos encontramos a un chico brasileño y
a Rodrigo, un chico mexicano,
además de otro de Zaragoza y el gallego que
adelantamos el día anterior. Todos, menos el
maño, estábamos tocados por la tendinitis, así
que tocaba descanso, relajo y, por supuesto,
contarnos las miles de anécdotas que se van
acumulando cada día de la gente que conoces, de
los lugares por donde pasas. A veces el Camino
parece como unas grandes colonias ambulantes. En
vez de permanecer en una casa durante quince
días, aquí la gente va de un refugio a otro.
Siempre son los mismos, y unas veces se
adelantan, otras se dejan adelantar, y se va
creando una sensación de familia. "Y
Fulanito,¿lo has visto?", "claro, debe
estar un par de pueblos más atrás, pues andaba
fastidiado. ¿Y tú conociste a Tal?",
"¡Vaya!". Es toda una experiencia,
amén de la gente de sitios tan distintos que
conoces, y el cerebro trabaja a todo lo que da
para entender a aquel "guiri" que te
pide un molinillo de café para moler cereales.
De todo hay.
Así que estuvimos
allí hasta el día siguiente, previo paso por el
Centro de Salud, que nos dijo que lo que debía
hacer era poner hielo en la pierna y no moverla.
Pero creo que con la Credencial de Peregrino,
también te viene la de "burro", pues
intentass dar más de lo que es normal. Conocí
en Los Arcos a un peregrino, Paulino,
que era de lo más. El hombre era
"pureta", de cerca de sesenta años,
pero que además era hemipléjico, creo que era
la parte izquierda la que no podía mover. Este
hombre hacía cada día diez o doce kilómetros,
pero el esfuerzo es como si cualquiera de
nosotros hiciera setenta u ochenta, una
barbaridad. Y lo mejor de todo es que cuando
llegaba a los refugios era el alma de la fiesta.
Todo el mundo estaba con él porque era todo
alegría, chistes y jolgorio. Y por supuesto era
el que se levantaba más pronto.
El refugio es de
adobe, como muchas casas de la zona, y realmente
está bien, tiene cocina y en la parte de arriba
habitaciones con literas.
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