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Las seis, toca
levantarse. Había dormido en la litera de
arriba, por lo que al bajar había notado un
pinchazo en la pierna izquierda, donde tenía la tendinitis.
En teoría tenía que ponerme la arcilla durante
tres días, así que pensé que era en parte
normal, de todas maneras tuve mis dudas. Pero
nada, al Camino. Desayunamos algo mientras
observábamos como la gente preparaba la marcha.
Sobre todo una pareja entrañable de húngaros, a
los que muy cariñosamente apodaban "los
ositos", eran super-dulces ella y él. Hoy tocaba llegar a León.
Mi pensamiento estaba en andar todos los pasos
que pudiera, y hasta que la pierna me lo
permitiera, así que nos pusimos en marcha.
Íbamos tranquilos pero sin parar. El Camino
tampoco tiene mucha historia en los
aproximadamente veinte kilómetros que hay hasta
la capital de la provincia. Llegamos un poco
después que Rodrigo, un chico
mexicano que nos encontramos en El Burgo Ranero.
Allí
visitamos la Catedral y después
la Iglesia de San Isidoro. Desde
allí llamé a Ricardín, un
compañero de trabajo que nos enseñó la ciudad.
Una de las cosas que hicimos fue ir a Correos a
dejar parte de lo que llevábamos en la mochila,
pues te das cuenta a lo largo del Camino que hay
muchas cosas que son supérfluas, y que mejor que
las lleve otro, y quién mejor que Correos... Así que dejé más de dos
kilos y medio de cosas de las que podía
prescindir. La tendinitis se puede coger por un
sobre esfuerzo de kilómetros y de peso, y yo
llevaba demasiado. Más tarde nos fuimos a comer
algo y tomarnos unos vinos. Seguro que fueron
más de dos, y eso se notaba. Me encontré a otro
compañero de trabajo, y es que el mundo es un
pañuelo... Después de comer lo acompañamos
hasta el trabajo, pues el Camino pasaba al lado,
y nos despedimos, después de tomar unos cafés y
hablar de la vida, el amor y la muerte, como
siempre.
El siguiente
objetivo era Villadangos del Páramo.
Confiábamos en que mi pierna respondería, así
que continuamos adelante, teniendo en cuenta que
contábamos con que hubiera algún albergue o
refugio a mitad de camino. No hizo falta, pues
mientras charlábamos y contaba a Anita unas
cuantas historias que nos habían ocurrido
haciendo descenso de barrancos o en la montaña,
llegamos a Villadangos. El Camino va paralelo a
la carretera N-120, con lo cual no hay pérdida.
Allí buscamos un
sitio para cenar, después de procurarnos una
cama en el albergue. No había hospitalero ni
nada, así que allí era ver y coger. Después de
la cena las habituales llamadas y a dormir. Pero
antes... la arcilla! No se me podía olvidar.
Puse un poco en un plato, y eché un poco de
agua, poco. Hice una pasta y me la puse en la
parte de la tendinitis. Después la tapé con una
venda y me fui a dormir. Por la mañana la
arcilla ya se había secado y me la quité.
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