|
Hoy
sería uno esos días maratonianos, aunque al
salir de Villadangos parecíamos
cansados y nos costó lo nuestro llegar a Hospital
de Órbigo. Allí llegamos y fuimos a
ver el albergue, que sabíamos que lo llevaba una
persona de la Asociación de Amigos del Camino de
Barcelona. No estaba, así que nos quedamos con
las ganas de saludarlo. A la salida del pueblo
paramos a almorzar un poco en una de esas
alamedas "prefabricadas" que encuentras
al lado de la carretera, en las cuales todos los
árboles están exactamente a la misma distancia,
perfectos. De
aquí, y por la carretera y sin dejarla casi
hasta el final, llegamos a Astorga,
donde se pueden admirar obras de Gaudí. Llegamos
relativamente tarde y con mucho calor, pero si
estar apenas cansados. Al entrar nos adelantaron
unos alemanes, pero nosotros no podíamos correr,
pues por la tarde continuábamos jornada. Ellos
se dirigieron al albergue, mientras que nosotros
nos fuimos a buscar un lugar donde comer. Y muy
cerca de la Catedral lo encontramos. Había
muchos peregrinos por allí.
Decansamos un poco
la comida y charlamos con algunos peregrinos
catalanes, uno concretamente de Badalona,
y decidimos ponernos en marcha, sin pararnos a
ver el Palacio de Gaudí, pues
lo abrían tarde (para nosotros). Así que
caminito de Murias de Rechivaldo, donde el Camino
no se acaba de ver muy claro, pero nuestra
intuición peregrina estaba al quite para que no
nos perdiéramos. Los Montes de León
nos indicaban el camino a seguir.
Y así pasamos por Santa
Catalina de Somoza, y un rato más
adelante por El Ganso, donde
paramos a comernos un helado en un curioso garito
(el que se ve en la foto).
El último tirón
y llegábamos al Roble del Peregrino,
cerca de Rabanal del Camino. Y
por fín al albergue. En este pequeño pueblo hay
tres: uno, el municipal, al que nadie va a menos
que los otros estén llenos; dos, uno de pago,
muy bueno por cierto, y tres, otro privado, que
lo lleva una asociación inglesa (creo), y en el
que te dan el desayuno. Ni que decir tiene que el
tercero estaba lleno, y en él estaba la gente
que había pasado por Terradillos
cuando tuvimos que para por mi tendinitis.
El hospitalero nos acompañó hasta el segundo.
Cuando les dijimos de donde veníamos nos dieron
una habitación especial, pues se habían quedado
sin camas. Fue una suerte. Una ducha y a cenar al
restaurante del pueblo. Seguro que habría más
pero fuimos incapaces de buscar uno más lejos.
Al día siguiente tocaba subida a la Cruz
de Ferro.
|