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A pesar de la
cantidad de kilómetros del día anterior no
estábamos cansados, más bien al contrario. La
Cruz de Hierro es un lugar mítico, y en él
íbamos a depositar, como muchos peregrinos, una
piedra, que llevábamos desde casa. Esta piedra
representa los pecados, todo lo que quieres
expiar y limpiar durante tu peregrinación. Así
que salimos prontito del albergue, pero más
tarde que los madrugadores. Nada más salir de
Rabanal cogimos la carretera que va hasta la
Cruz, y allí empezó un capítulo desagradable.
Como nos explicaron más tarde era debido al
tiempo que estaba haciendo: miles de moscas se
concentraban cerca de los peregrinos. Sin
exagerar ni un poquito cada peregrino llevaba a
sus espaldas más de cien moscas. Era un
espectáculo desagradable. Para mi aún más pues
no soporto estos bichos, el zumbido de su alas,
casi las de cualquier insecto, me enerva, me pone
mal de los nervios.
Cuando llegamos a
la Cruz de Hierro, pasándo
previamente por Foncebadón, un
pueblo medio abandonado, parece que el problema
de las moscas había venido a menos. En el alto
estaban preparando una fiesta, no me acuerdo el
por qué. Dejamos nuestra piedra. Estábamos
emocionados, pero mo mos quisimos quedar mucho
rato, el Camino es largo y hay que continuar.
Pusimos nuestros pies a caminar hacia Ponferrada,
final de etapa, y para ello teníamos que hacer
la gran bajada.
El primero de los pueblos
por los que pasamos fue Manjarín.
En el vive "el último templario", su
nombre Tomás. Este hombre se dedica a acoger a
peregrinos en medio de los Montes de León, es
una experiencia. Cuando llegamos nosotros estaba
haciendo el ritual de despedida de de los
peregrinos, toda una liturgia. Criticado y
alabado, lo dejó todo para estar en Manjarín
y dar apoyo a cualquiera que pasase por allí. No
hay muchos como él...por desgracia.
Seguimos nuestro
peregrinar y una tremenda bajada hacia El
Acebo, y aquí paramos durante un rato
para comernos el plato típico de la zona: el
botillo. El único punto es que eran las once de
la mañana, y es un plato fuerte con garbanzos,
chorizo, etc... A Anita le sentó bien, pues se
lo comió con ganas, pero a mi me dió algún
problemilla... Seguimos bajando por Riego
de Ambrós hasta llegar a Molinaseca.
Al entrar adelantamos a dos peregrinos que iban
cojeando y hablando de ampollas. Se me hacía
raro escuchar tal palabra a estas alturas del
viaje, y les dije: "Habéis comenzado hace
poco, ¿verdad?". Efectivamente.
"¿Cómo lo sabes?", "por el
comentario de las ampollas, eso sólo se comenta
durante los diez primeros días, después
desaparecen normalmente". "Pues sí,
comenzamos en Astorga". Después de unos
días de camino las ampollas desaparecen, y lo
que puede aparecer, en función de los
kilómetros que hagas, son las tendinitis.
Molinaseca
es uno de esos "marcos incomparables".
El río Meruelo pasa por el centro del pueblo, y
lo que han hecho es "forrar" el lecho
del río de piedras, y han montado una especie de
playa de piedras. Es algo bonito y digno de ver.
Para mi el agua estaba muy fría, así que
decidí no bañarme, y me dediqué a hablar por
teléfono. Anita si que se bañó.
El último tramo
nos llevaba a Ponferrada, y se
hizo largo, como se hace cada vez que llegas a
una población medianamente grande. Menos mal que
somos los dos buenos conversadores, y tuvimos
tema para rato, que si no se hubiera hecho aún
más pesado.
Llegamos
al albergue, nos duchamos, comimos y nos fuimos a
ver el Castillo de los Templarios,
después de dar una vuelta, de nuevo al albergue.
Allí firmamos, como casi todos los días en el
libro del albergue, y vimos de nuevo un
comentario certero de una chica de Santander, que
firmaba como la "Cántabra Mutante".
Llevábamos algún día siguiéndola, pues nos
llevaba uno o dos días de ventaja, y nos
gustaban sus comentarios de peregrina auténtica,
sobre los peregrinos domingueros.
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