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Ya lo teníamos
casi a mano. Llevábamos un mes caminando, y ya
se veía. Mi tendinitis apenas se notaba y me
dejaba continuar, y a buen ritmo. Anita estaba
que se salía, y parecía que no se cansaba
nunca. Vamos que estábamos fuertes. Pues a
caminar...!! Primer
pueblo Camponaraya. Seguimos
hasta Cacabelos, donde paramos a
desayunar, Anita fruta y yo me apreté un pastel
grande de chocolate, de estos de bollería
industrial, pero que estaba buenísimo. El
siguiente punto fue Villafranca del Bierzo, donde
paramos en el albergue de la familia Jato.
Esta familia está vinculada desde siempre a los
peregrinos, de hecho estaban terminando de
construir un nuevo y flamante albergue. Estuvimos
un rato pero no nos podíamos demorar, nos
quedaba camino por delante. En la guía que
llevábamos nos aseguraba que había un refugio
en El Pereje, y las señales de
la carretera también nos lo confirmaban, así
que acordamos ir a comer allí. Pero nuestra
sorpresa fue ver un refugio de lujo (las
referencias te cambian cuando vas andando con la
mochila a la espalda, reconozco) pero en el que
no daban de comer. ¡En qué mundo se ha visto!
Claro que nos fuimos. Nos querían llevar a comer
a Trabadelo en coche. Le dije
que había salido de mi casa hacía un mes
caminando, y que hasta que no llegara a Santiago
no cogería de nuevo un coche. Le quedó claro. Y
cómo no, nos fuimos a comer a Trabadelo,
pero por nuestros propios medios: nuestros
pies.
Comimos en un
restaurante de carretera, había varios, pero la
señal era clara: donde más camiones aparcados
hubiera. Los camioneros son los que saben, y hay
que seguir sus pasos, sobre todo en el comer.
Después de esto continuamos camino hasta Vega
de Valcarce . Estábamos bien, fuertes, e
incluso bromeamos con la posibilidad de ascender
el mítico Cebreiro esa misma
tarde, pero nos lo pensamos dos veces, pues es
una prueba durilla, y más después de un montón
de kilómetros. Así que llegamos y nos plantamos
en el albergue, fuimos a comprar, cenamos y
estuvimos charlando por teléfono. Alicia
me estuvo contando nuevas del día, poco
agradables, por cierto.
Al día siguiente
íbamos a subir la dificultad máxima del Camino,
el Cebreiro. Para alguien que no
esté acostumbrado a caminar, o para gente que no
haya hecho montaña, puede resultar durillo, pero
para alguien que camine que no se preocupe, y
para los montañeros les sonará a broma:
"¿Dónde estaba el Cebreiro
ése?
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