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Hoy
tocaba etapa de montaña. A mi me encanta la
montaña, y me encanta subir. El esfuerzo de
ganar metros hacia arriba es algo habitual en mi,
no en vano muchos fines de semana, y siempre que
puedo me acerco a los Pirineos para subir a
alguna cima de las muchas que hay. Hoy era como
un premio para mi. Anita no estaba muy
acostumbrada a subir, pero si a caminar, por lo
que pensé que el esfuerzo no sería muy grande
para ella. Así que a subir. El camino resulta fácil, y
la pendiente no es tan exagerada como algunos la
pintan. Además la mayor parte de la subida se
hace en sombra, con lo el posible calor lo
evitas, y cuando más te quieres dar cuenta
estás arriba. Y cuando llegas arriba has entrado
en Galicia. Comienza la última
parte del Camino. Desde allí la vista es
impresionante. El Cebreiro es un
punto, apenas cuatro casas, una ermita preciosa,
en la que Anita se emocionó, y
es normal, muchos días esperando el momento de
llegar hasta allí. De alguna manera te das
cuenta de lo que has hecho.
Así
que después de tomarnos un café con un ciclista
madrileño y una peregrina francesa que venía
con su perra, continuamos camino hacia Triacastela,
donde queríamos parar a comer. Antes estuvimos
hablando con nuestros compañeros de trabajo,
para decirles que estábamos en Galicia, que ya
quedaba poco. Esto del móvil es todo un invento.
Llegamos a Triacastela
cerca de las tres, y ya había cola en el
albergue. Esto es lo que más fastidia de
Galicia,
la gente se empieza a hacinar en los albergues,
sobre todo en los más importantes. Otro punto
harto negativo es el hecho de que los gallegos lo
ven como un negocio. Para muestra un botón:
nosotros siempre que pasábamos al lado de
alguien siempre saludamos, costumbre peregrina, y
al pasar por una aldea decimos hola a una mujer,
que nos contestó "tenemos bocadillos y
cervezas", ni siquiera un triste
"hola". Anita tenía
unas ganas locas de acabar el Camino. Dejaba de
ser un paraiso de peregrinos para convertirse en
paso de gente que tiene dinero y que lo ha de
dejar allí. El peregrinaje no es importante,
sino el dinero que dejas a tu paso. Demasiado
mercantilista. Un poco asqueroso.
En
Triacastela nos encontramos a
unos vascos, un chico y dos chicas, con los que
fuimos hasta Samos, al
monasterio, que nos habían dicho que estaba muy
bien.
Y llegamos allí
con el tiempo justo para coger cama. No pudimos
visitar el Monasterio al llegar un poco tarde,
pero pudimos disfrutar de una maravillosa ducha
fría, de una buena cena, y de un paseo por el
pueblo. Es cuestión de no parar de andar.
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