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Salimos a
primerísima hora de Samos. No
éramos los primeros, como casi siempre, pero
poca gente iba por delante nuestro, y no tardamos
en alcanzarlos. Era todavía noche cerrada, y
había una niebla muy cerrada, con lo que todas
las historias de brujas y meigas, que haberlas
"haylas", tenían en el paisaje que
veíamos el escenario perfecto. Llegamos
en poco tiempo a Sarria. El
cielo estaba nublado y parecía que amenazaba
lluvia, pero no, sólo amenazaba. En Sarria, en
un bar nos encontramos con una peregrina, y un
comentario suyo nos hizo pensar a Anita
y a mi que era "la cántabra mutante",
se lo dijimos y efectivamente, era ella.
Estuvimos comentando que íbamos siguiendo sus
comentarios por los diferentes refugios. Nos hizo
ilusión encontrárnosla y a ella que la
reconociéramos. Una peregrina auténtica. Se
nota muchísimo la diferencia de los que empiezan
en Roncesvalles a los que se apuntan al Camino
más tarde. A la mayoría de los últimos no les
da tiempo de captar el espíritu del Camino, hay
demasiada gente, y muchísimos domingueros.
Cuando te encuentras con
uno de los que han empezado antes lo notas: las
marcas de los calcetines, las camisetas hechas
polvo, la manera de caminar, no hacen cola en los
refugios antes de las cuatro... es otro mundo.
¡Incluso las mochilas son más pequeñas!
Pasamos
por infinidad de aldeas, y volvimos a encontrar a
Melchor, al que hacía días que
habíamos perdido la pista, y que nos dijo que su
amigo Elíes había tenido que abandonar, pues un
médico le había dicho que se le había
producido un principio de necrosis en un dedo del
pie, de una ampolla mal curada. Y es que todo
tiene peligros, hasta andar. No paramos hasta
llegar a Portomarín, donde
paramos a comer en un bar nuevo, en el que nos
sirvieron ternera gallega, ¡qué buena estaba! 
Por la tarde ya
nos dirigimos hacia Ventas de Narón,
donde sabíamos que había un refugio pequeñito
pero apañado, y en el que dimos un buen reposo a
nuestros cuerpos. Habíamos recorrido un buen
número de kilómetros.
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