Día 33 Miércoles, 29 de Julio de 1998 Monasterio de Samos-Ventas de Narón

¡Qué buena está la ternera gallega!

Salimos a primerísima hora de Samos. No éramos los primeros, como casi siempre, pero poca gente iba por delante nuestro, y no tardamos en alcanzarlos. Era todavía noche cerrada, y había una niebla muy cerrada, con lo que todas las historias de brujas y meigas, que haberlas "haylas", tenían en el paisaje que veíamos el escenario perfecto.

Anita y Melchor pasando por uno de los albergues del Camino en Galicia.Llegamos en poco tiempo a Sarria. El cielo estaba nublado y parecía que amenazaba lluvia, pero no, sólo amenazaba. En Sarria, en un bar nos encontramos con una peregrina, y un comentario suyo nos hizo pensar a Anita y a mi que era "la cántabra mutante", se lo dijimos y efectivamente, era ella. Estuvimos comentando que íbamos siguiendo sus comentarios por los diferentes refugios. Nos hizo ilusión encontrárnosla y a ella que la reconociéramos. Una peregrina auténtica. Se nota muchísimo la diferencia de los que empiezan en Roncesvalles a los que se apuntan al Camino más tarde. A la mayoría de los últimos no les da tiempo de captar el espíritu del Camino, hay demasiada gente, y muchísimos domingueros. Cuando te encuentras Otro de los refugios del Camino. Todos se parecen un montón.con uno de los que han empezado antes lo notas: las marcas de los calcetines, las camisetas hechas polvo, la manera de caminar, no hacen cola en los refugios antes de las cuatro... es otro mundo. ¡Incluso las mochilas son más pequeñas!

El Miño a su paso por PortomarínPasamos por infinidad de aldeas, y volvimos a encontrar a Melchor, al que hacía días que habíamos perdido la pista, y que nos dijo que su amigo Elíes había tenido que abandonar, pues un médico le había dicho que se le había producido un principio de necrosis en un dedo del pie, de una ampolla mal curada. Y es que todo tiene peligros, hasta andar. No paramos hasta llegar a Portomarín, donde paramos a comer en un bar nuevo, en el que nos sirvieron ternera gallega, ¡qué buena estaba! Anita delante de la iglesia románica de San Juan en Portomarín.

Por la tarde ya nos dirigimos hacia Ventas de Narón, donde sabíamos que había un refugio pequeñito pero apañado, y en el que dimos un buen reposo a nuestros cuerpos. Habíamos recorrido un buen número de kilómetros.

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